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Cuando a veces te pedía que me pintaras un cielo en mi cuaderno, pintabas una luna grávida al fondo y te daba igual que contuviera, por tu mala documentación, los anillos de Saturno. Los alrededores los pintabas cuajados de sintagmas verriondos, pantalones a medio secar, nubes doloridas y anfibios con escafandra. El planeta Krypton lo repetías innúmeras veces ( porque te gustaba ) y a su alrededor, orbitando, las almas de todos los suicidados jugando a la brisca. También pintabas barras de pegamento, medias de mujer con carreras, arcilla en bolsas de plástico, pliegos de cartulina y fieltro adhesivo de color mostaza.

No olvidabas pintar un barco varado en la Vía Láctea y otro borracho, reverberando de magentas y púrpuras en el remolino de Andrómeda. Por tu mala documentación también y por tu poco compromiso con el cienticismo y el positivismo, pintbas un gogolplex de berenjenas  y un aleph de naranjas de la China, varios mares del Japón y cuatrocientas veintiséis iglesias de “nuestra señora de Tiermes” completamente restauradas.

Tenías la desvergüenza de hacer que los dildos flotaran junto a los rosarios, las perífrasis junto a las botellas vacías de vermú y las calculadoras que convierten euros junto a los tiestos de geranios.

Desperdigadas por toda la inmensidad, pintabas una a una, las letras del alefato, un coro de gallinas cantoras y nórdicas sirenas subnormales – aunque hermosísimas – masturbando a sus liras descasarilladas. Pintabas un agujero negro de inmenso poder desatomizador tragándose a la armada invencible, al vino que tiene Asunción y a los oriundos de Guadalajara. Al Cardenal Richelieu, a los tres cerditos y el lobo, a la “gran enciclopedia del bricolaje ” e incluso al Che Guevara. A su lado, una ubre de jirafa, multitud  de globos sondas, una canción de amor y un brick de leche descremada. Pintabas un cielo con rima, que a veces se hacía prosa y a veces descansaba. Luego lo mirabas. Apartabas el cuaderno lejos de tí u encontrabas un hueco donde pintar las piernas de Oliver Twist bailando una samba, un teléfono descolgado haciendo ” tuuuu” y unas sábanas de Holanda.

Pintabas la eternidad en un segundo, un traje de fiesta y una virgen mareada. Y si la tarde no se nos echaba encima, porque aún era verano, seguías pintando un sinfín de sorpresas. No sólo basura espacial; también bailarines ejecutando el Aurresku sobre monas de pascua, coliflores estremecidas de frío y soledad, o abubillas disecadas. En un acceso de vulgar melancolía recreabas fiestas de toreros, de famosos ladrones, de poetas abstemios o de singulares julandrones. Tropeles de vidas envueltos en retales, retazos de telas brillantes y colores vegetales.

Pintabas un laberinto de espejos donde se reflejaban hasta el infinito los reyes godos disfrazados de ascensoristas, Antígona en el andén, esperando el metro y todos los ismos, incluido los abismos. Pintabas y pintbas sin parar, el sonido del autillo despertando a los desgrabados ángeles que se soñaban gitanas enamoradas, eructos enfermos de celos disolviéndose en la nada, muslos de amapolas gigantes y patas de cabra.

Pero ahora que ha terminado la estación cálida, cuando te pido que me pintes un cielo en mi cuadernos, sólo me pintas estrellas.

|| Introducción de Funk Haunt en Kamasutra ||

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